Primero hice el templete de arriba con la escalinata. Al acabarlo me pareció poca cosa, así que construí el zócalo de dos plantas que lleva debajo (zócalo, que no pirámide). Pero me parecía un poco soso, así que le añadí la escalinata principal con el altar de sacrificios. Pero seguía faltando algo, así que le añadí las tres escalinatas restantes... En fin, es un poco el monstruo de Frankenstein, todo esto unido a una escasez de baldosas que he solucionado jugando con el material disponible, almenas, declives, etc. Y este es el resultado final.
Constructivamente no tiene nada de particular, sólo he experimentado un poco con la cubierta del templete. E históricamente, bueno, no hay demasiado que contar: la mayor parte de las civilizaciones neolíticas levantaron pirámides. No por cuestiones místicas, sino porque es lo más sencillo. En este caso, los mayas yucatecos elevaban sus templos en lo alto de pirámides escalonadas, y es importante destacar este detalle: son templos, como en Mesopotamia, no tumbas, como en Egipto. En lo alto de las pirámides mexicanas, frente al templo, solía haber un altar de sacrificios. Allí los sacerdotes arrancaban el corazón en vivo a las víctimas y lanzaban el cuerpo escaleras abajo, para que los asistentes se hicieran con él una caldereta. La ceremonia incluía bastantes otros detalles asquerosillos, como despellejar a la víctima, embadurnar las paredes del templo con su sangre... Las crónicas de los conquistadores españoles cuentan historias bastante tremendas y hablan sobre todo del hedor a podredumbre que había en los templos (ya tenía que oler mal para que nuestros paisanos, poco dados a la higiene y forrados de hierro, notaran el tufo).
En fin, el resto de la historia ya se sabe: los conquistadores enseñaron a los indianos que eso de arrancar corazones y comerse a la gente no está bien, que lo civilizado es torturarla un rato en un sótano y luego quemarla viva en una plaza pública.
Bueno, si obviamos el contenido siniestro que tienen la mayor parte de los monumentos, hoy, siglos después, todavía podemos maravillarnos con la belleza hueca de estos edificios perdidos en las selvas del Yucatán. Algo es algo.












Bienaventurados los cortos de vista porque no podran ver mi careto de lejos. 




